16 de julio de 2007

El arte, víctima de la guerra.
A continuación no diré nada nuevo. Más que nada es una simple reflexión. Durante la Guerra del Golfo en 1991, casi toda el área lindante, tierra de verdaderas reliquias y tesoros del mundo antiguo, fue bombardeada y destruída. Bajo la lluvia de balas, misiles patriot, aviones caza (y demás maquinaria bélica) los zigurat de Irak, las tumbas de Petra en Jordania y las ruinas de Jericó en Israel, corrieron serio peligro de mantenerse en pie.

Algo parecido sucedió en 2001. Todos supimos acerca de los extremistas talibanes provenientes de Afganistán y de cómo, sumidos en el más acérrimo de los fanatismos, destruyeron gran parte de un verdadero tesoro.

Este tesoro son los dos Budas de Bamiyán, estatuas esculpidas en la piedra entre los siglos V o VI, de 37 y 50 metros de altura. De estilo greco-budista, son las representaciones más grandes de Buda del mundo y están enclavadas en la antigua Ruta de la Seda, en las frontera entre China e India.

En el año 2001, después de sobrevivir intactas por más de 1500 años, el gobierno Talibán criticó a la UNESCO por asignar recursos para la renovación de éstos ídolos cuando el país afgano estaba atravesando una fuerte crisis. Dado el carácter de ídolos, al ser contrarias a las enseñanzas del Islam, los talibanes decretaron su destrucción a base de cañonazos y mucha pólvora.

Luego del derrocamiento del gobierno Talibán, y para suerte de todos, la UNESCO declaró al valle de Bamiyán como Patrimonio de la Humanidad.